Las joyas que forman parte de una colección real rara vez son el resultado de una elección puramente estética. Detrás de cada encargo suele haber un contexto político, un motivo personal (un aniversario, una boda, un nacimiento) y, a menudo, un deseo muy claro de permanencia. La tiara de rubíes Mellerio que luce hoy Reina Máxima de Holanda no fue creado como una joya ornamental más, sino como una pieza diseñada para consolidar imagen, linaje y continuidad dentro de la Casa de Orange.
Encargada a finales del siglo XIX y utilizada, desde entonces, por todas las reinas holandesas, esta tiara ha recorrido más de un siglo de historia sin perder relevancia. Su trayectoria permite comprender, además de la evolución del gusto y el protocolo, el papel que ha jugado –y sigue jugando– la joyería en la representación del poder femenino dentro de las monarquías europeas.
Mellerio dits Meller: el joyero familiar favorito de la corte europea
Cuando el rey Guillermo III encargó a Mellerio el encargo de una gran serie de rubíes, la firma parisina llevaba siglos construyéndose una sólida reputación entre las élites europeas. Fundada en 1613, Mellerio dits Meller es una de las joyerías en activo más antiguas y una rara excepción en un sector marcado por constantes cierres, fusiones y reinvenciones. Su singularidad radica en haber mantenido una continuidad familiar ininterrumpida y una identidad estética reconocible, incluso en tiempos de profundo cambio histórico.
Mucho antes de llegar a Holanda, Mellerio ya se había consolidado como joyero de referencia para la realeza. Uno de los capítulos más decisivos de esa historia fue su relación con la emperatriz francesa Eugénie de Montijo, quien, según la firma, visitaba la joyería todas las semanas.
Durante el Segundo Imperio, Eugenia hizo de la joyería un elemento central de su imagen pública y encontró en Mellerio un aliado capaz de traducir potencia, sofisticación y modernidad en piezas de gran impacto visual. Aquella alianza colocó definitivamente a la empresa en el mapa de las grandes cortes europeas, mucho antes de que las reinas del norte se convirtieran en clientes habituales.
Una comisión con vocación de legado
En diciembre de 1888, Guillermo III encargó a Mellerio la creación de un conjunto de joyas para su esposa, la reina Emma. El resultado fue un conjunto completo de rubíes y diamantes, cuya pieza central era una tiara equilibrada y de elaborado diseño. Inicialmente se consideró el uso de zafiros, pero finalmente se optó por los rubíes, elección que aportaba mayor fuerza visual y un simbolismo asociado al poder, la protección y la continuidad dinástica.
La tiara contiene un total de 385 piedras preciosas, entre rubíes y diamantes, y forma parte de un conjunto más grande que incluye pendientes, broche, gargantilla y pulsera. Las piedras se integraron en una estructura de volutas y racimos que combinaban movimiento y simetría. El diseño, atribuido al joyero Oscar Massin, reflejaba la maestría técnica de la casa y su capacidad para crear piezas diseñadas no sólo para impresionar, sino para durar.
Joyas que se adaptan a la vida real
La muerte del rey Guillermo III apenas dos años después del encargo marcó el primer punto de inflexión importante en la historia de la tiara. Durante su período de luto, la reina Emma adaptó la joya a los estrictos estándares de la época sustituyendo los rubíes por diamantes, posibilidad prevista desde el diseño original. Esta versatilidad, inusual en piezas de tal calibre, revela una concepción muy moderna de la joyería real: no como un objeto intocable, sino como un elemento vivo, capaz de acompañar las diferentes etapas de la vida.
Otras piezas del conjunto también se fueron transformando con el tiempo. Elementos del collar se reutilizaron como broches y algunas gemas se desmontaron para facilitar diferentes usos. Lejos de restar valor al conjunto, estas adaptaciones reforzaron su valor, convirtiéndolo en un testimonio tangible de la historia personal de sus propietarios.
De reina en reina: una herencia cuidadosamente protegida

