Antes de aceptar participar en el relato definitivo de Audrey Hepburn, una vez una de las estrellas de cine más taquilleras del mundo, su hijo Sean Hepburn Ferrer se dijo que ya había más de mil libros sobre el tema. “Aparte de biografías, cómics, libros de cocina, bocetos ficticios y guías de estilo ilustradas, hay libros de moda con recopilaciones de sus muchos portadas de revistas y los sombreros que llevaba», afirma el productor cinematográfico y filántropo. Al actor, añade, una biografía «le habría parecido una tontería, y habría rechazado la idea con una mueca y habría dicho que era lo último que el mundo necesitaba». Pero la verdad es que nunca anticipó el apetito insaciable que habría en todo el mundo por su personalidad”. Como custodio de su imagen, nombre e identidad desde que Hepburn falleció en 1993, Ferrer dice que ha sido testigo de un desarrollo asombroso: “la cristalización de su memoria en ícono y leyenda, no sólo a nivel internacional sino de la generación anterior a la mía y, de ahí, a las generaciones posteriores de veinteañeros y adolescentes”.
Al apreciar que Hepburn permanece en los altares de generación tras generación gracias a millones de niños y jóvenes –“un tributo apropiado a la clase de flautista en la que se convirtió durante su trabajo legendario como embajadora de UNICEF”, dice–, Ferrer concibió Audrey íntima, su única biografía oficial, escrita con la autora británica Wendy Holden. “Me gustó la idea de que este manuscrito pudiera ser, sobre todo, el que se coloca en lo más alto de la pila, como un libro de historia, para garantizar que siempre habrá un relato autorizado, narrado en parte por ella misma, con palabras extraídas de cartas hasta ahora inéditas”, señala el prólogo. Feria de la vanidad habló con Ferrer sobre sus esfuerzos por capturar a su madre.
Feria de la vanidad: Las primeras páginas del libro señalan que su madre a menudo se refería a la última etapa de su vida, los años en que fue embajadora de UNICEF, como su segunda y más importante carrera de todas.
Así es. En los cinco años que le dedicó, el 80% de los viajes que realizó fueron a lugares que habían tenido guerra o estaban en medio de un conflicto, como Vietnam, Somalia, Sudán, Eritrea. Este libro tenía que contener las cosas importantes. Hablar de sus películas no tenía sentido, porque todo el mundo las conoce y además hay poco dramatismo en ellas. Era una persona muy humilde y sencilla que se levantaba temprano en la mañana y se iba a trabajar. Llegó a tiempo a las filmaciones y no bebió mientras filmaba, por lo que hubo poco drama en esa parte de su vida. La leyenda se compone de cosas verdaderas; de lo contrario, no tiene sentido. El objetivo es que las personas comprendan que es posible tener éxito siendo una persona humilde y buena. No es necesario portarse mal para llegar allí.
¿De dónde sacó esta necesidad de intentar sanar al mundo? ¿Tuvo también algo que ver con el hecho de que creció en una familia noble que siempre se ha dedicado a la caridad?
Sí, claro. Al final es una mezcla de cosas. Hay un componente familiar y cultural, algo que se transmite de una generación a otra. Yo mismo se lo transmito a mis hijos, con quienes he viajado y realizado proyectos. Mi hija Emma, por ejemplo, ha trabajado para UNICEF y ACNUR. Pero en el caso de mi madre también cuenta que perdió algo que tú y yo podemos considerar banal: la libertad de cruzar la calle, de poder decir lo que piensas. Algo que, por otra parte, cada vez resulta más complicado en la actualidad.

