EDITORIAL | Santo Domingo, R.D.
La República Dominicana no tiene un problema de tránsito; tiene una hemorragia institucional. Mientras los titulares de los periódicos se llenan con auditorías de la Cámara de Cuentas y expedientes de corrupción, nuestras carreteras se llenan de cruces. Lo que las autoridades llaman «fatalidades viales», el ciudadano de a pie lo llama por su nombre: homicidios por omisión.
Una Carnicería de Datos
No es una percepción; es una realidad matemática. Con una tasa que supera las 60 muertes por cada 100,000 habitantes, lideramos los rankings globales de mortalidad vial.
* 3,000 vidas anuales: Aproximadamente, esa es la cifra de dominicanos que «se quedan» en el asfalto.
* El costo del caos: Se estima que los accidentes de tránsito consumen cerca del 3% del PIB nacional en gastos hospitalarios y pérdida de productividad.
Es inaceptable que, en un país que presume de crecimiento económico, morir en una autovía sea tan común como respirar.
La Mafia de los Semáforos y el «Negocio» del Caos
El caso del INTRAN y el escándalo de la red semafórica no es un error administrativo; es una traición a la patria. Mientras se adjudicaban contratos millonarios bajo esquemas cuestionables, las intersecciones del Gran Santo Domingo se convertían en «ruletas rusas».
Cada semáforo apagado es una oportunidad de choque, y cada contrato amañado es dinero que se le quita a la señalización que podría evitar una tragedia. La gestión de la movilidad se ha convertido en una piñata de contratos donde el último en la lista de prioridades es el ciudadano que intenta llegar vivo a su trabajo.
Obras Públicas: El Asfalto que se Desvanece
El Ministerio de Obras Públicas tiene una deuda histórica con la transparencia. Se anuncian miles de millones en «pavimentación», pero:
1. Calidad Cuestionable: El asfalto parece diluirse con la primera lluvia, dejando al descubierto hoyos criminales.
2. Inexistencia de Señalización Ética: Se gasta más en vallas publicitarias anunciando la obra que en la pintura reflectante necesaria para que un conductor no se desbarranque en una curva mal peraltada.
3. Puentes e Iluminación: La oscuridad en las principales autopistas (como la Autopista Duarte o la 6 de Noviembre) es el cómplice ideal para el crimen y el accidente. No es falta de recursos, es exceso de codicia. El dinero para salvar vidas está ahí, pero se queda en las cuentas de los que firman las licitaciones.»
El Veredicto
El «Accidente de la Corrupción» es un choque frontal entre la impunidad de los funcionarios y la vulnerabilidad del pueblo. Cada vez que un dominicano muere porque un semáforo no funcionó, porque una calle no tenía señales o porque un bache lo sacó de la vía, la responsabilidad recae directamente en los despachos con aire acondicionado donde se decidió que el beneficio personal valía más que una vida humana.
Basta de excusas. El asfalto manchado de sangre no se limpia con notas de prensa.
La República Dominicana no tiene un problema de tránsito; tiene una hemorragia institucional. Mientras los titulares de los periódicos se llenan con auditorías de la Cámara de Cuentas y expedientes de corrupción, nuestras carreteras se llenan de cruces. Lo que las autoridades llaman «fatalidades viales», el ciudadano de a pie lo llama por su nombre: homicidios por omisión.
Una Carnicería de Datos
No es una percepción; es una realidad matemática. Con una tasa que supera las 60 muertes por cada 100,000 habitantes, lideramos los rankings globales de mortalidad vial.
* 3,000 vidas anuales: Aproximadamente, esa es la cifra de dominicanos que «se quedan» en el asfalto.
* El costo del caos: Se estima que los accidentes de tránsito consumen cerca del 3% del PIB nacional en gastos hospitalarios y pérdida de productividad.
Es inaceptable que, en un país que presume de crecimiento económico, morir en una autovía sea tan común como respirar.
La Mafia de los Semáforos y el «Negocio» del Caos
El caso del INTRAN y el escándalo de la red semafórica no es un error administrativo; es una traición a la patria. Mientras se adjudicaban contratos millonarios bajo esquemas cuestionables, las intersecciones del Gran Santo Domingo se convertían en «ruletas rusas».
Cada semáforo apagado es una oportunidad de choque, y cada contrato amañado es dinero que se le quita a la señalización que podría evitar una tragedia. La gestión de la movilidad se ha convertido en una piñata de contratos donde el último en la lista de prioridades es el ciudadano que intenta llegar vivo a su trabajo.
Obras Públicas: El Asfalto que se Desvanece
El Ministerio de Obras Públicas tiene una deuda histórica con la transparencia. Se anuncian miles de millones en «pavimentación», pero:
1. Calidad Cuestionable: El asfalto parece diluirse con la primera lluvia, dejando al descubierto hoyos criminales.
2. Inexistencia de Señalización Ética: Se gasta más en vallas publicitarias anunciando la obra que en la pintura reflectante necesaria para que un conductor no se desbarranque en una curva mal peraltada.
3. Puentes e Iluminación: La oscuridad en las principales autopistas (como la Autopista Duarte o la 6 de Noviembre) es el cómplice ideal para el crimen y el accidente. No es falta de recursos, es exceso de codicia. El dinero para salvar vidas está ahí, pero se queda en las cuentas de los que firman las licitaciones.»
El Veredicto
El «Accidente de la Corrupción» es un choque frontal entre la impunidad de los funcionarios y la vulnerabilidad del pueblo. Cada vez que un dominicano muere porque un semáforo no funcionó, porque una calle no tenía señales o porque un bache lo sacó de la vía, la responsabilidad recae directamente en los despachos con aire acondicionado donde se decidió que el beneficio personal valía más que una vida humana.
Basta de excusas. El asfalto manchado de sangre no se limpia con notas de prensa.

