La inflación puede desacelerarse mientras la compra sigue encareciéndose. Entre la gráfica oficial y la libreta del fiado queda una familia haciendo cuentas.
Sería saludable que el gobernador del Banco Central presentara su próximo informe en un colmado. Entre el saco de arroz y el cartón de huevos, las explicaciones adquirirían un sabor distinto.
En el despacho, la inflación cabe en una gráfica. En el barrio hay que acomodarla dentro de un sueldo. Y cuando no cabe, sale algo de la funda: primero el gustico; después, parte de la cena.
Conviene aclararlo: que baje la inflación no significa que bajen los precios. Si siguen aumentando, aunque más despacio, la compra continúa encareciéndose. La diferencia merece explicarse sin convertir cada desaceleración en una fiesta a la que el consumidor llega sin pasaje.
El promedio nacional tampoco hace la compra por cada familia. Los alimentos pesan más en el presupuesto de los hogares pobres. Por eso, un mismo aumento puede quitarle a uno un antojo y a otro el desayuno.
El colmadero, entretanto, administra su propio sistema financiero: la libreta del fiado. Conoce el nombre del déficit, dónde vive y qué día cobra. También paga mercancía, transporte y electricidad. A veces es acreedor por la mañana y deudor por la tarde. Todo un banco, pero sin alfombra.
Las estadísticas son necesarias. El triunfalismo burocrático, prescindible. Gobernar exige mirar cuánto permite comprar el ingreso, respaldar la producción y enfrentar los abusos. Mandar al consumidor a entender el índice y las estadísticas resulta más cómodo que conseguir que le alcance.
La visita del gobernador tendría otra condición: hacer la compra con el presupuesto de una familia trabajadora. Sin dieta ni viáticos. Que hablé después.
Al colmadero se le puede pedir fiado. Que acepte discursos y proyecciones como pago, todavía no.

