Las Lilas Santo Domingo Este, RD. Camino hoy por las callesjuelas húmedas de Las Lilas, en la orilla este del río Ozama, donde el aire huele a pobreza, a madera podrida, a fango ya incertidumbre. Y ahora más luego de que el Gobierno ha marcado las paredes con números fríos, sentenciando el destino de cientos de familias que han comenzado a ser desalojadas.
El Ozama, ese gigante de aguas turbias, parece observar en silencio cómo los operarios de URBE dejaron el limpio donde vivían los primeros desalojados. Sabe que si sus orillas son recuperadas dejarán de recibir basura y desperdicios producidos por los inquilinos gratuitos de la zona.
Primeras viviendas desalojadas en Las Lilas
Las primeras casuchas, las que casi besan el afluente, están siendo desmanteladas mientras sus dueños oyen con oídos de calculadoras las pequeñas cifras de dinero que les darán para que dejen su vida de décadas que, aunque entre miseria, es donde sobreviven.
Pedro Montero, con voz temblorosa, y sentado frente a su vivienda me dice que ya llego a un acuerdo y que les darán 600 mil pesos por su vivienda de concreto y cinco que ha sido su hogar de tres décadas.
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«Dígame usted, periodista, ¿qué compro yo con seiscientos mil pesos?», me pregunta con una voz que se quiebra por la angustia.

La incertidumbre es una niebla espesa que lo cubre todo en este margen oriental. La gente se agrupa en las esquinas, discutiendo cifras que no cuadran y promesas que suenan a frente a la realidad de un hueco mudanza sin rumbo.
Se quejan de recibir poco dinero por vivir años de gratis en Las Lilas
«Yo tenía dos casuchas alquiladas a unos haitianos y la Unidad Ejecutora para la Readecuación de Barrios y Entornos (URBE) les pago a ellos ya mí no me dieron nada. Eso es un maldito abuso», dijo lleno de importancia Freddy Ramírez
Muchos aseguran que el dinero entregado es una limosna frente al costo de la vida actual. Dicen que no les alcanzará para un techo digno en ningún rincón de la ciudad, condenándolos a una pobreza aún más profunda y errante.
Veo a los niños jugando entre escombros de lo que ayer fue el patio de un vecino. Otro individuo quema alambres para extraerle el cobre y venderlo. No entienden de planos de lectura ni de corredores ecológicos; solo sienten que el lugar donde nacieron se está desmoronando bajo sus pies descalzos.

“Tendremos que irnos a vivir debajo de otro puente”, vocifera un hombre, atrincherado en una casucha casi en el suelo.
Los desalojos de Las Lilas se harán en dos etapas
En esta primera etapa, el plan gubernamental se enfoca en despejar la hilera de viviendas más próxima al agua. Son estructuras de zinc y madera que han resistido ciclones, pero que no podrán sobrevivir a la voluntad del progreso estatal modernizador.
Las autoridades defienden el proyecto como una salvación ante la vulnerabilidad climática y el riesgo de inundaciones. Argumentan que sanear la ribera es vital para el medio ambiente, pero el costo humano se siente demasiado alto en estos callejones estrechos.
Muy contrario a lo que se piensa no hay alegría en este traslado, solo la renuncia de quien se sabe vencido por un Gobierno que tiene una agenda que cumplir para poder salvar al moribundo río Ozama.

Otras casas de Las Lilas serán derribadas en la etapa II
La segunda etapa ya está programada y el miedo se extiende hacia las viviendas restantes del sector. Aquellos que aún tienen techo saben que sus días están contados y que pronto los números rojos marcarán también sus propias puertas y desfiles oxidadas.
El descontento se manifiesta en gritos aislados que exigen una valoración justa de las mejoras. “No somos animales para que nos tiren a la calle”, dice una señora mientras se toma un café en la puerta de su vivienda que será destruido en la segunda etapa.
Pienso que es una paradoja cruel ver cómo se proyectan parques y áreas verdes sobre las ruinas de vidas compartidas. Pero sé que el progreso llegará en forma de cemento y jardines, y aunque para estas familias, el futuro es un mapa en blanco sin dirección. Siendo honesto, creo que siempre fue así.
Gobierno visita Las Lilas, pero igual. No habrá cambios
El ministro de la Presidencia, José Ignacio Ramón Paliza, visitó la zona recientemente, hablando de inversión millonaria y transformación urbana integral para la comunidad. Sin embargo, en el terreno, las palabras oficiales chocan contra la realidad de hogares demolidos y bolsillos que siguen vacíos.
Mientras el sol cae sobre el Ozama, el ruido de los mazos golpeando el concreto resuena con una cadencia fúnebre. Las Lilas está desapareciendo, y con ella, la historia de un barrio que se siente traicionado por su propia protección estatal.
La intervención en Las Lilas tiene su origen.
Fue mediante el Decreto 531-25 que el presidente Luis Abinader declaró de alta prioridad la recuperación de los ríos Ozama e Isabela con este decreto se confirmó que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Unidad Ejecutora para la Readecuación de Barrios y Entornos (URBE) tienen la responsabilidad técnica y ambiental del proyecto.
Esto incluye la evaluación y supervisión de las actividades que se desarrollan en las riberas de ambos ríos, a fin de asegurar el cumplimiento de los estándares nacionales e internacionales de protección ambiental y manejo sostenible de los recursos naturales.
Una extraña visión crítica Las Lilas vs. La Barquita
A lo lejos veo como el teleférico y el metro de Santo Domingo dos de los representantes más evidentes del progreso y la modernidad cruzan, mirando con desdén la parte más pobre de este municipio.
Me retiro con el alma pesada, dejando atrás el polvo de las demoliciones y los rostros de la desesperanza. En los próximos días habrá más escombros, más cheques insuficientes y más familias buscando un lugar donde el dinero del Gobierno pueda comprar dignidad.
Y una pregunta me viene a la cabeza ¿A caso no pudo el Gobierno hacer una reubicación como la que hizo la Urbe durante la presidencia de Danilo Medina en La Barquita?
Durante su gestión el presidente Danilo Medina inauguró La Nueva Barquita en junio de 2016, situada en Sabana Perdida, trasladando a 1,787 familias (cerca de 6,000 ciudadanos) que residían en peligro crítico junto al río Ozama. El proyecto, de unos 4,000 millones de pesos, construyó 112 bloques residenciales, colegios, clínicas y zonas de comercio, renovando totalmente su bienestar social.
Mas que un proyecto de reubicación fue un cambio de vida radical que beneficio a todos los involucrados en el orden de lo económico, educativo y sobre todo en el adecentamiento de una nueva vida todo a costa del Estado.

