Siendo las 4:53 p. m. del domingo 12 de enero de 2010, en Puerto Príncipe, capital de la República de Haití, se escenificó un fuerte terremoto de categoría 7. El 65 % de las edificaciones resultaron afectadas y cerca de trescientas mil personas fallecieron. Un millón y medio de familias quedaron sin hogar. Dieciséis años más tarde, el 24 de junio de 2026, dos terremotos gemelos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieron el litoral caribeño venezolano, en la zona de La Guaira. En esta ocasión se contabilizaron más de 6,500 muertos y alrededor de 73,000 heridos. El lunes 10 de agosto de 2026, otro movimiento telúrico de magnitud 7.4 sacudió a Colombia, con un saldo de al menos trescientas víctimas mortales. También se han reportado sismos en Japón e Indonesia, mientras que serias inundaciones afectan tanto a Norteamérica como a Sudamérica, alternando con olas de calor en Europa. Se anuncia, además, una seria amenaza climatológica por el fenómeno de El Niño en la zona del océano Pacífico. Las inundaciones y deslizamientos de tierra en Nepal y el Tíbet el 26 de agosto de 2026 han causado alrededor de 500 muertos y más de mil novecientas personas desaparecidas. Se estima que un temblor de tierra dio inicio a la catástrofe, seguido de un colapso glacial en el Himalaya que se convirtió en una riada con efectos naturales devastadores en los niveles inferiores.
Una locura ecológica sacude a nuestro planeta. Una modalidad de demencia contagia a la humanidad. Nuestros ríos se secan por un lado mientras se desbordan por el otro. La industria del plástico llena los espacios verdes con basura no degradable. Los recursos fósiles se consumen y, al tiempo que se reducen, contribuyen a elevar la temperatura terrestre. Las fuentes de agua potable, indispensables para la vida animal, escasean, mientras que las disponibles se utilizan para enfriar los microprocesadores de la inteligencia artificial. Las señales de desastres naturales no parecen quitarle el sueño a quienes dominan el mundo. En lugar de asignar los recursos adecuados para reparar los daños materiales, atender a los damnificados y promover mejores construcciones, se invita a los gobiernos a invertir esas disponibles se utilizan para enfriar los microprocesadores de la inteligencia artificia. El conflicto armado entre la Federación Rusa y Ucrania no parece tener fin. La guerra en el Medio Oriente sigue vigente, mientras una ola de calor sacude a buena parte de Europa.
Se nos está haciendo tarde para que la cordura vuelva a la tierra. De seguir el derrotero dominante, pronto veremos a la humanidad en reversa. Todos los logros en materia de salud mundial se verán alterados. Volverán a aumentar las muertes infantiles y maternas, y la desnutrición volverá a ser el pan nuestro de cada día.
Resistir y perseverar en la esperanza futura de una tierra recuperada y de un medio ambiente sano. Debemos sostener la llama del «amaos los unos a los otros». Que no muera la fe en una humanidad integrada y solidaria. Salvemos la tierra y, con ello, el equilibrio de la armonía universal.
Por todos y para todos los habitantes del mundo terrenal.

